Toda una vida puede transcurrir bajo una ilusión: la de que las palabras equivalen a la realidad. A veces, el embrujo de la existencia puramente verbal puede romperse. Es lo que le ocurrió a un poeta austriaco, Hugo von Hofmannsthal. Para expresar su experiencia, apeló a un relato ficcional, a una identidad otra: las de Lord Chandos, un juvenil y prometedor poeta de la Inglaterra del siglo XVI.
Las promesas artísticas de Chandos se desvanecieron cuando se retiró a vivir al campo. Allí era un acomodado estanciero. Sus conocidos de Londres, que antes habían celebrado la exquisitez de su pluma, esperaban que, desde su retiro campestre, les enviara una fulgurante y contundente obra poética. Pero Chandos sólo envió silencio y ausencia.
Finalmente, por cortesía y un real afecto, decidió contestar a una carta que recibió de Lord Bacon, el pregonero del método inductivo en las ciencias, canciller y hombre de letras. Aquella respuesta es la carta de Lord Chandos. Un hito esencial en la historia de la percepción artística. Esta esencial carta es hoy un texto olvidado (o sólo frecuentado por algunos especialistas). Al sumergirnos en su lectura, hallamos una inevitable paradoja: con notable inspiración literaria, se habla de la incapacidad de toda literatura para expresar la realidad.
La muerte es la fecha de caducidad del ansia de conocimiento humano.
Puedes acabarte el yougourt antes de la fecha -véase creencias restrictivas-, pero más allá de ´la fecha´ no habrá yougourt que comer, está estipulado así, una vez pasado esa fecha ya no hay lo que “se conoce” como comestible. Es otra cosa.
¿El cielo de los yougourt? ¿San pedro Bifidus con piña?
Yo elegiría vivir un poco más con ese poder de inmortalidad, que se te derrite la piel y sigues vivo con plenas capacidad motoras, auditivas y adicciones, manteniendo a la vez una proporción áurea semejante o mejor que la de un donut, “un OVNI” que dirían los habitantes de esos planetas que visitase en mi inmortalidad vestida. Conociendo, más y más.
Tal vez un día, creemos del plástico a nuestra imagen y semejanza el recipiente de una esponja de conocimiento, y entonces ya los humanos no hagamos falta como mecenas y artistas. Podremos dedicarnos a la destrucción, que a finde cuentas es lo que mejor se nos da, a pesar de que el Orientador Escolar que es Yahvé (yavestrú) ha opinado erróneamente una y otra vez que debemos hacer.
Hacer o no hacer. La inmortalidad se alcanza en ese chispazo de decisión. Eso si es posible.
en Razz?